Viena, Ciudad de Ensueños
VIENA, CIUDAD DE ENSUEÑOS
Ricardo Reveco Urzúa
INQUIETUD
Bien es sabido que Viena fue una de las ciudades más importantes a comienzos de siglo. Grandes personajes se gestaron en esta ciudad cosmopolita, ubicada en el corazón de Europa, en el punto de transición de los Alpes, lugar de reunión de los esplendorosos centros culturales.
A poco andar en la investigación, resulta asombrosa la innumerable la cantidad de personalidades en los distintos saberes que tiene en común Viena como lugar de reunión. A vía de ejemplo, en filosofía destacan Wittgenstein, Moritz, Schlick y el Circulo de Viena, Kürnenberg y Nestroy; en la música sobresalen Mahler y Schönberg; en la medicina, Semmelweiss, Sigmund Freud y Alfred Adler; en el arte, Gustav Klimt, Egon Schiele y Bauhauss; en el Derecho, Hans Kelsen, entre otros.
¿Por qué Viena fue capaz de atraer y formar a tal cantidad de intelectuales, creadores de nuevas formas de pensar y de sentir? Este articulo intenta encontrar una respuesta, y de este modo servir de introducción sobre la relevancia de Viena como uno de los focos culturales de Europa durante la primera mitad del siglo veinte.
HISTORIA
Viena comenzó siendo un campamento romano alejado de la urbe, sirviendo como defensa de los límites del orbe romano y permitiendo así vivir en paz a los ciudadanos de la Roma eterna. Luego de varios siglos fue un bastón franco de Carlomagno, transformándose con el tiempo, en un feudo de los Babenberg.
Durante el siglo XIII se desarrollo notablemente, y esto se comprueba con la magnitud que adquirió la vieja y majestuosa ciudad gótica. Con el ascenso de los Habsburgos, Viena siguió creciendo sin parar. De hecho, fue tal la importancia que llegó a tener, que en 1612 se trasladó la Corte Imperial de Praga a Viena.
Posteriormente fue la capital del Barroco europeo, gracias a la rivalidad que se produjo entre la Iglesia y la nobleza vienesa, ambas compitiendo por apoyar al mejor espectáculo artístico y arquitectónico y por donar las más grandes sumas de dinero para ello.
Desde 1830 en adelante y sobre todo después de la frustrada revolución de 1848, el gobierno de aquel entonces actuaba represivamente, protegiendo a los vieneses de los nuevos venenos occidentales. No debe olvidarse que, así como Paris fue la capital de la Ilustración de carácter cosmopolita e irreligiosa, por su lado Viena fue tal vez el principal foco de otra vertiente ilustrada, de marcado índole católico y nacional. Por ende, no debe impresionar que las ideas liberales francesas e inglesas, a pesar de producir ciertas influencias, no se asentaron en el espíritu vienes.
Fácilmente Windisschgraetz sometió a los liberales vieneses, poniendo termino a la democracia, al progreso constitucional y reestableciendo el Imperio de Francisco José. Este monarca pertenecía a la casa real de los Habsbugo, monarquía dual y familiar, portadora de los grandes valores que seguían inmutables.
Aquel emperador introdujo el sistema de Metternich, que hacia primar el orden y la ley, imponiendo una censura estricta y universal que procuraba mantener el statu quo. No obstante esta apariencia de represión, Francisco José logro crear una conciencia superracional, que reunió bajo si diferentes grupos étnicos, religiosos y culturales. Uno de los factores esenciales usados por el emperador para la conformación de esta “alma”, fue la construcción de grandes obras arquitectónicas, que buscaban producir en cada vienes el renacimiento del orgullo nacional. Tal fue así, que Viena se repleto de museos, palacios, castillos y parques, que configuraban el “modo de vida vienés”.
Si bien estéticamente estaba todo en un orden armónico, la vida del trabajador común corría por carriles distintos. Una cifra de la época revela que por cada habitación, incluyendo baños y cocinas, pernoctaban 4,4 personas lo que refleja un gran déficit habitacional. Esto determinó que el centro de la vida se trasladase a la calle, especialmente a los cafés, donde surgían centros de discusión. Frente a ello un autor de la época afirmaba, “que toda persona medianamente culta discutía sobre filosofía, y estimase que los conceptos kantianos se ajustaban a sus intereses”. Este grado de erudición no solo se observaba en la filosofía, sino también en las demás artes y ciencias; todo ciudadano tenía opinión propia sobre cada materia. Sin embargo, esto no fue muy duradero, pues la cultura se homogenizó, reduciéndose a meros lugares comunes. El gusto burgués trepador se trasmutó en un convencionalismo barroco, en donde estar a la moda se convirtió en una necesidad de la vida social.
Tal vez donde más efecto causó esta conducta fue en la arquitectura. Se volvió a lo clásico, debiendo los artistas perder toda capacidad creativa para poder ser aceptado en las sociedad. A tan crítico estado alcanzo este convencionalismo, que un grupo de artistas llamados la “Secesión”, entre ellos Klimt, se vieron en la obligación de revelarse en contra de este academicismo castrante.
SOCIEDAD
La sociedad de la época era ambivalente. En sus entrañas se gestaron movimientos muy dispares, tales como el sionismo, el antisemitismo e incluso, en algún grado, el nazismo, que convivían en aquella Viena vieja y represora, que miraba como criminal al innovador.
En este escenario aparece Freíd y su ayudante Adler, quienes luego de trabajar en el estudio de las psico-patologías femeninas, deducen que la generalidad de las histerias tienen su origen en la sociedad vienesa. Para ejemplificar esta afirmación, cabe señalar que las mujeres, para esconder su cuerpo, debían pedir ayuda a un asistente para vestirse. No estuvieron ajenos a esto los hombres. Según señalan autores de la época, la vida sexual socialmente aceptada de todo vienés comenzaba a los 25 años, y durante todo el lapso entre la adolescencia y la juventud debía recurrir a lenocinios, corriendo el peligro de contraer alguna enfermedad venérea.
Para huir de la represión, de la hipocresía y de los valores añejos en que estaba sumido el espíritu vienés, la juventud debió trasladarse a las universidades, teatros y cafés, que nuevamente renacieron como una solución a los problemas de la época, esta vez no como una solución habitacional, sino para oxigenar aquellos pulmones saturados.
LA VIENA FINISECULAR
Viena fue el centro administrativo del imperio Austro-Húngaro desde la emperatriz María Teresa. Fue centro comercial y factor de expansión industrial de la época que determino que grandes fortunas se crearan, permitiendo así que las futuras generaciones se dedicaran al otium en forma casi exclusiva. Un buen ejemplo de ello, fueron las tertulias que se realizaban en la casa de la familia Wittgenstein, las que reunían a connotadas personalidades de la época.
Posteriormente, esta burguesía solo contribuyó a anquilosar a la sociedad de valores como el orden, la razón, el progreso, la fuerte imagen paterna, el matrimonio por negocios y el ensimismamiento ajeno a la realidad, bajo la pretensión de ser aceptada por la aristocracia católica de la monarquía de los Habsburgos.
Aquella burguesía que alzó su voz en 1848, inundó la sociedad con ideales “liberales frustrados”, teniendo en definitiva, que compartir el poder con la aristocracia imperial hasta 1890.
Esa extraña conjunción de factores llevó a Kart Krauss a criticar duramente a la sociedad, buscando que volviese la probidad en el debate social, incitando a actuar a los grupos culturales e intelectuales; incluso, concibió la idea de considerar al lenguaje y los símbolos como medios de representación, de expresión y de imágenes, lo que luego seria postulado básico para el autor del Tractatus.
En este ambiente finisecular, retratado anteriormente, se produjo la disolución de los valores y tradiciones clásicos, elevándose la ciencia y la filosofía en todos los quehaceres sociales y gestándose así, algunos de los más grandes pensadores que influirían en el siglo XX.
Bibliografía
Janik, Adam y Toulmin, La Viena de Wittgenstein.
Baum, Wilhelm, Ludwig Wittgenstein.
Fliedl, Gottfried, Klimt.
Fischer, H.A.L., Historia de Europa.


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