FATIGA DE LA SUPERESTRUCTURA PARTIDISTA
EN CHILE 1990- 1995
Bernardino Bravo Lira
Academia Chilena de la Historia
Universidad de Chile
Los tiempos cambian. Pero a veces quienes más hablan de cambios son quienes más se resisten a aceptarlos. Sobre todo si les tocan de cerca, como sucede actualmente en Europa y en Hispanoamérica con tanto político, renovado o no.
A veces da la impresión que las cosas van mas rápido que los hombres. Tal es el caso de Chile, donde muy pocos parecen comprender la situación institucional en que se halla actualmente el país.
Desde 1973, Chile se encuentra sin régimen de gobierno. Al igual que los otros países de Iberoamerica tiene sólo gobiernos, sin un marco estable para el ejercicio de poder.[1]
A raíz del derrumbe del régimen parlamentario sucedió algo parecido en el año 1924. Pero entonces, al cabo de nueve años se logro reemplazar el régimen fenecido, por otro, semipresidencial, que, como se sabe, subsistió hasta 1973. En cambio, ahora ha trascurrido casi un cuarto de siglo desde 1973 y esta cuestión sigue abierta. No se ha acertado a configurar un régimen que reemplace al que se derrumbó entonces.
A falta de régimen de gobierno, Chile ha tenido, al menos, desde 1973, diversos gobiernos, que se han sucedido más regularmente que la seguidilla del intervalo 1924-1933.
EL PRESIDENTE, JEFE DE GOBIERNO
Estos gobiernos han sido encabezados por el Presidente, institución que, al igual que en las ocasiones anteriores, sobrevivió al colapso del régimen[2]. Por eso mismo, pudo asumir un papel determinante en la transformación del Estado como medio siglo antes. En este sentido, la presidencia de Pinochet, no solo fue más prolongada que la de Ibáñez, sino también más decisiva. Si entonces se paso de una fase a otra del Estado modernizador, ahora en cambio se lo sustituyó por otro, diametralmente opuesto, el Estado subsidiario, que no pretende regular desde arriba, ni en términos individualistas ni en términos colectivistas, la actividad de la población.
No obstante, en 1973 desapareció la figura del presidente negociador, característica del periodo 1933-1973, aunque no fuera sino por falta de contraparte, es decir de partidos. Persistió, en cambio, el acento en el papel del Presidente como jefe de gobierno, por encima del jefe de Estado. Este ha sido por más de tres décadas el rasgo dominante en todos los Presidentes. Desde el primer hasta el segundo Frei, se comportaron como atareados gobernantes, absorbidos por su gestión, vale decir, por las realizaciones que se llevan a cabo bajo su mando, sin tiempo apenas para pensar en una política de Estado. Incluso la duración del periodo presidencial se tornó incierta. De ocho años para Pinochet, se redujo a cuatro para Patricio Aylwin (1990-1994) y a seis para Eduardo Frei, que asumió en 1994.
DERROTA DE LA OLIGARQUIA
La situación de los partidos políticos fue, en verdad, penosa. Desaparecieron en 1973, y no por breve tiempo, sino por tres lustros largos.
Algo así no tenia precedentes en Chile. Lo habitual era que la caída del régimen arrastrara a la del Congreso. De hacho, su brillante historia terminó en 1924, tras 93 años de funcionamiento ininterrumpido. Ahora, en cambio, corrieron la misma suerte los partidos, algo nunca visto en Chile. Desde sus orígenes, a fines de la década de 1850, los partidos habían sobrevivido, una y otra vez, a todos los naufragios del régimen de gobierno. En 1973, fueron disueltos o puestos en receso por decreto presidencial. Terminó así, la brillante historia del gobierno del partido en Chile que, con más de 160 años ininterrumpidos, solo era superada por Inglaterra, Estados Unidos y algún país europeo[3].
Miradas las cosas dentro de la perspectiva del siglo, este desenlace aparece como una especie de contrapartida del triunfo de la oligarquía en 1891, no menos espectacular que él. Si entonces los partidos victoriosos anularon al presidente, ahora este los anuló a ellos.
PARTIDOS EN EL ESTADO SUBSIDIARIO
Tardaron tres lustros en reaparecer. Pero entonces, Chile había cambiado y lo había hecho sin ellos. Ya no era el país estancado, lleno de odiosidades y al borde de la guerra civil, donde resultaba más rentable atizar el descontento que resolver los problemas[4]. Ahora era un país en marcha, con un Estado reducido y una población cada vez más activa y emprendedora, acostumbrada al lenguaje de las oportunidades y no de las frustraciones, del propio esfuerzo y no de los favores del gobierno y del partido[5].
No fue fácil para los partidos introducirse en este nuevo escenario. Contrariamente a lo que pueda creerse, no se trataba solo de cerrar un paréntesis, como si no hubiera pasado nada. Antes bien, era preciso nada menos que intentar su reinserción dentro de un Estado de derecho, que no solo sobrevivió a la desaparición de ellos, sino que había experimentado en el intervalo una de las mayores renovaciones de su historia.
En concreto, era menester hallar un modo de aclimatar los partidos dentro de un Estado subsidiario, articulado sobre la base de la trilogía Presidente-Judicatura-Fuerzas Armadas y de una comunidad consocial, constituida por una trama de organizaciones intermedias[6]. Por eso, no cabe hablar de que los partidos vuelvan a ocupar el lugar que les pertenece. Antes bien, el problema consistió precisamente en hacerles un lugar.
De hecho los partidos fueron repuestos conforma a la constitución de 1980, impuesta, al igual que la anterior de 1925, mediante un plebiscito. Aunque a deferencia de lo ocurrido entonces, el contexto fue aprobado por abrumadora mayoría, no concitó un respeto similar por parte de los partidos políticos. En 1925, no bien se promulgó la constitución, estos se apresuraron a cerrar filas detrás de ella, a fin de retornar al poder. En consecuencia, su texto solo comenzó a ser modificado en 1943 y en los treinta años siguientes experimento en total de diez enmiendas, las de mayor alcance en sus tres últimos años[7].
DE LA CONSTITUCION ESCRITA A LA CONSTITUCION HISTORICA
Frente a la constitución de 1980, los partidos tuvieron actitudes muy disímiles, entre contrarias y vacilantes. En general la aceptaron, pero solo como un instrumento para llegar al poder. En este sentido, se empleó la palabra, entonces en boga en el extranjero, transición o transición de la democracia, cuyo término natural era el reemplazo de la constitución por otra nueva[8]. Es decir, la transición no se planteó como relevo del gobierno bajo unas reglas, igualmente validas para el saliente como para el entrante, sino más bien como una entrega del poder sin condiciones. De hecho, en expresión de Silva Vargas, la constitución comenzó a ser demolida antes que su plena vigencia[9]. En 1989 fue objeto de más de 50 reformas, convenidas entre los partidos. Posteriormente, ha sufrido 30 más y al parecer no serán las últimas, pues se habla de otras futuras.
Todo esto deja ver que, esta vez los partidos políticos no se mostraron dispuestos a atenerse a las reglas bajo las cuales recibieron el poder. Para la clase política, compuesta por el Presidente y los jerarcas partidistas, la constitución no era, en palabras de Edgardo Boeninger, sino una-realidad-vigente-que-se-procura-cambiar[10]. Su meta fue cambiarla, si no era posible por entero, al menos por partes. En este sentido no fue ninguna novedad que en 1993 se dijera: “Chile carece hoy de una constitución sustentada por un amplio consenso”[11]. En lugar de estar por encima de los gobernantes, como una especie de marco permanente, la constitución se convirtió en un texto eminentemente transitorio. Sometida a perpetua revisión, según conveniencias y acuerdos partidistas, subsiste por mera tolerancia del Presidente y los partidos mayoritarios.
En tales condiciones, la desconexión entre constitución escrita y
constitución efectiva del país, plasmada en sus instituciones fundamentales[12], se torna más aguda que nunca. Una desvalorización tan brutal de la constitución escrita no puede menos que comportar, de rechazo, una revalorización de la constitución histórica, y de los pilares que la sustentan. Sin el respaldo de una constitución, cuyo respeto pueda exigir, la sustitución de los partidos frente al Presidente, la Judicatura y las Fuerzas Armadas se vuelve eminentemente incierta. También ellos subsisten por mera tolerancia de estos pilares del Estado de derecho. Basta pensar lo que le sucedería si el Presidente decidiera nombrar solo a independientes en todos los ministerios, y en todos los cargos de su confianza.
REINSERCION DE LOS PARTIDOS
Aparentemente la entrada de los partidos, tuvo mucho de paseo triunfal. Después de constituirse legalmente, reeditaron sin dificultad sus antiguas practicas, desde designar candidatos para las elecciones hasta el cuoteo de cargos públicos. De facto se hicieron dueños del manejo de las elecciones populares, nominaron los candidatos para ellas, convirtieron el congreso en feudo suyo y se repartieron, como en los mejores tiempos, los puestos públicos, cuyo nombramiento reservaba la constitución al presidente[13]. Al poco andar consiguieron, además, manejar las municipalidades. Incluso, “esta institución que se concibió como protegida de los apetitos de los partidos y por ello, recibió facultades muy amplias en materias básicas, como educación y salud, no pudo resistir la presión democratizadora”[14]. A la vista de todo esto, algunos tuvieron la impresión de que se cerraba un paréntesis y se volvía a atrás pero no era así.
Los partidos consiguieron reconstruir el circuito partidos-elecciones-Congreso, pero no lograron echarlo a andar de nuevo. A fines de 1991 era patente que “la estructura partidista, poco remozadas y con magros contenidos, son útiles no para hacer realidad la democracia, sino para tener vías aseguradas de acceso al poder. Son cuerpos de configuración oligárquica y de representación muy reducida”[15]. En buenas cuentas, el retorno de la democracia no pasó de ser una vuelta de las oligarquías partidistas a los cargos públicos y de los independientes –la casi totalidad de los chilenos- a la condición de ciudadanos de segunda clase, sin acceso a esa nueva Nomenclatura. Así, no es extraño que con la misma facilidad que se reeditaron las antiguas prácticas partidistas, revivieran también los antiguos problemas: distanciamiento de los mejores talentos, escasez de militantes y su secuela, incapacidad de los partidos para autofinanciarse.
A LA RECHERCHE DU TEMPS PERDU
Pero lo mas grava fue otra cosa. Pronto se hizo evidente que los partidos políticos tenían que moverse en un escenario institucional, incomodo para ellos. Todos o casi todos escogieron nombres del pasado. De ahí que tuvieran que declararse, al mismo tiempo, renovados. Lo que equivale a definirse, mirando hacia atrás, y, por tanto, a reconocerse como pertenecientes a otra época. Así una Renovación Nacional (1987) seguía una Democracia Cristiana ( 1988) y una Social Democracia, toda una serie de partidos radicales, socialistas o demócratas: Partido por la Democracia (PPD), Unión Demócrata Independiente (UDI) y Democracia Radical[16].
No obstante, a fin de sobrevivir dentro de un Estado subsidiario, montado al margen de ellos, estos partidos se vieron forzados a desprenderse, de mejor o peor gana, de las banderas dirigista, burocráticas, distributivas –en una palabra estatistas- de esos partidos antiguos cuyo nombre se habían apresurado en tomar. Todos, unos mas otros menos, fueron presa del desgarrador imperativo que, según González Errázuriz, fue hasta 1973 la cruz de la Democracia Cristiana: la lucha por definirse[17]. Naturalmente la necesidad, un tanto incomoda, de equilibrarse entre el pasado y el presente, no ayudo ni a conservar los antiguos adeptos ni a ganar otros nuevos entre la gente de empuje ni, en general en el electorado. Así, al alejamiento del mundo de los partidos de los mejores talentos, se sumo el de la nueva generación de hombres de trabajo, lo que lejos de ayudar a salvar la crónica escasez de militantes, verdadero talón de Aquiles de los partidos en Chile, la agravó.
Para colmo, sobrevino el derrumbe de la Unión Soviética, y tras la caída del comunismo y del muro de Berlín, cayeron también sus alternativas, desde el socialismo con rostro humano en Francia hasta la Democracia Cristian en Italia[18]. En Chile el espectro político se contrajo súbitamente y la izquierda quedó fuera del tablero. En otras palabras, la década de 1990 principio bajo el mismo signo que la de 1930, pero invertido. Si entonces el marco partidista de dilató para dar cabida a los nacientes núcleos de la izquierda, ahora se encogió y los dejó, de pronto varados, sin agua para seguir a flote. De rechazo, al desplomarse la izquierda, la derecha dejó de ser tal. De esta manera, se produjo una verdadera estampida hacia el centro.
Al respecto, no dejan de ser reveladora la fundación de un partido instrumental, como el PPD, antitesis de los antiguos partidos ideológicos, o de una Unión de Centro (UCC). No lo es menos, la unión de demócratas cristianos y socialistas en una concertación para alcanzar el poder, y las negociaciones de sus oponentes, RN y UDI, con ello para allanar el camino de reformas de la constitución. En este clima, no es extraño que se llegara a hablar de un parlamentarismo[19].
Pero estos hechos parecen indicar algo muy distinto: una fatiga de la incipiente estructura o superestructura de partidos.
SIN GENTE Y SIN RECUERDOS
En la medida en que se atenuaron las diferencias entre ellos, hasta reducirse, muchas veces, la cuestión de matices, la política partidista derivó hacia una especie de competencia de popularidad en encuestas y, también, en las elecciones. Así se advierte ya en 1991: “los puntos programáticos del pasado son ya inadmisibles y parece haber una notoria concordancia en lo que ayer era objeto de lucha o muerte. Se discrepa por procedimientos, por oportunidades. Y mejor vehículo que los partidos para esas discrepancias, son los medios de comunicación”[20].
El partido amenaza con convertirse en un producto comercial. Para conquistar debe acudir a la publicidad y adecuarse al gusto de los consumidores. Pero el problema, esta en la falta de interés por este producto tan ajeno al gusto y a la preferencia de la gente de hoy. No es fácil hacerlo atractivo al hombre corriente, que en un ambiente comunista, parece tener suficientes intereses propios y directos, como para hacerse tiempo y tomar parte en actividades y reuniones partidistas. Más aun, la misma moderación de la política, las hace cada vez más artificiales y aburridas. En esto coinciden todos los observadores. Hablan de un visible “fenómeno de desinterés, de fastidio incluso, de la población por las colectividades, sus dirigentes y sus declaraciones”[21]. Parecen actores en un teatro vacío. Así en 1995, Antonio Leal insistía en la necesidad de abrir los ojos y “reconocer que más allá de los partidos existe un tejido temático y diferenciado que expresa anhelos particulares, diversidades, individualidades, sentimientos de nuevas libertades cívicas”[22].
Inevitable secuela de la falta de militantes es la dificultad para financiarse. Tras la caída del muro de Berlín, se ha hecho difícil a las oligarquías partidistas hallar financiamiento fuera de Chile, entre potencias extranjeras y organismos internacionales[23]. Ya en 1991, el problema era tan grave que comenzaron a pedir subvención estatal[24]. Es decir, su situación no deja de recordar ala del Congreso en 1924, cuando los parlamentarios optaron por auto asignarse una remuneración con cargo al erario. Pero, aparte que no están en los tiempos para que el Estado subvencione empresas deficitarias, del mismo modo sucedió al Congreso, el dinero puede servir, a lo mas de paliativo, pero no para revitalizar una institución simbólica, por muy honorables que se reputen sus miembros.
CONCLUSION
Las raíces del problema son mas hondas. Al cabo de un lustro no ha habido forma de que el antiguo circuito partidos-elecciones-Congreso funcione de nuevo. Esta superestructura esta trancada y los partidos no logran, hasta ahora, vencer su resistencia a despegar. De ahí su fatiga.
Los autores comienzan a preguntarse mas o menos claramente, hasta que punto los partidos podrán resistir el desafió del cambio de época y reinsertarse en una comunidad política tan compleja y diferenciada como la consocional de nuestro tiempo: “¿No será que la evolución de las instituciones políticas en estos dos siglos –se preguntaba en 1991 Silva Vargas- ha seguido un ritmo diferente al de la evolución de la estructura social, de los mecanismos económicos y del instrumento tecnológico?¿ No obedecen la actual indiferencia hacia la política y los políticos a que aquella y estos quedaron anclados en 1791?”[25]. A ello apuntaba Antonio Leal al plantear en hace pocos meses, “la gran interrogante de cómo el sistema de partidos y las instituciones corresponden al desafío de representación de sociedad compleja, caracterizada por la multiplicidad y diferenciación de las relaciones, donde ningún actor social es reconocible en una sola variable cultural, económica o de clase, como ocurrió en el pasado no lejano”[26].
En suma, el circuito partidos-elecciones-Congreso, presenta síntomas de asfixia. Parece girar sobre si mismo, al margen de la vida nacional, que discurre por causes mas dinámicos y creadores. En más de un sentido, esta situación recuerda otra anterior, la que precedió al surgimiento de los partidos a fines de la época de 1850, cuando las elecciones y el Congreso funcionaban sin ellos.
[1] Bravo Lira, Bernardino. De Portales a Pinochet, gobierno y régimen de gobierno. Santiago 1985. Para los años posteriores, el mismo. El Presidente y Estado de Derecho en Chile, estudio histórico-institucional en Revista de Derecho y Jurisprudencia 90. Santiago 1995.
[2] Id.
[3] Bravo Lira, Bernardino. Raíz y razón del Estado de derecho en Chile, en revista de Derecho Publico 47- 48, Santiago 1990.
[4] Aylwin, Patricio, “En nombre de la lucha de clases, convertida en dogma y motor único de toda acción política y social, se ha envenenado a los chilenos por el odio, y desencadenando toda clase de violencia…”. Sesión del Senado, julio 1973, en La Prensa, julio 1973. Frei, Eduardo, carta a Mariano Rumor, Santiago 8 de noviembre de 1973, insiste en “el clima de odio y violencia que reinaba en el país”, texto en La Segunda, Santiago 29 de noviembre de 1974. Por todos, Arraigada, Genaro, De la vía chilena a la vía insurreccional, Santiago 1974.
[5] Por todos, Mamalakis, Markos, The notion of the state in Chile: six topic, en Historia 22, Santiago 1982. pp. 107 ss.
[6] Bravo Lira, Bernardino, El movimiento asociativo en Chile 1924-1973, en política 1, Santiago 1982. El mismo, Pueblo y representación de la historia de Chile, en Anuario de la Filosofía jurídica y social 7, Santiago 1989.
[7] Silva Vargas, Fernando, historia de Chile, en Villalobos, Sergio y otros, Historia de Chile, 4 vols. Santiago 1974- 1976, vol. 4
[8] O’Donell, Guillermo. Reflexiones sobre las tendencias generales del cambio en el Estado burocrático autoritario, Buenos Aires 1975. El mismo y Schmitter, Phillippe, Transition from Authoritarian rule: prospects for democracies, Baltimore- London, The John Hopkins Uni. Press 1986 part III. 47-63. Orrego, Francisco (ed), Transición a la democracia en América Latina, Buenos Aires 1985. Rustow, Dankward, Transición a la democracia. Elementos de un modelo dinámico, ibid. Huneeus, Carlos, Para vivir en democracia. Dilemas de su consolidación, Santiago 1987.
[9] Silva Vargas, Fernando, Las motivaciones de la historia, en el Mercurio, 12 de septiembre 1991.
[10] Boeninger, Edgardo, Entrevista, en El Mercurio, 3 de noviembre 1986.
[11] Cañas Kirby, Enrique, Naturaleza de la transición chilena en el Mercurio, 1 de marzo 1993.
[12] La contraposición entre estos tipos de constitución se remonta a Jovellanos. Bravo Lira, Bernardino, El concepto de constitución en Jovellanos, en Revista chilena de la historia del Derecho 10. Santiago 1984. Últimamente, Anino, Antonio, Die zweite Disput von Naturrecht zu einer Verfassunggeschichte Hispano Amerikas en Thomas, Hans (ed). Amerika eine Hoffnung, zwei Visionen. Hereford- Stuttgart- Hamburg 1991.
[13] Informe de los diputados Raul Urrutia y Alfonso Vargas, cfr. El Mercurio, 4 de octubre de 1994 Cuoteo partidista, ibid 13 octubre 1994.
[14] Silva Vargas, Fernando. Economía y Política, en El Mercurio, 19 de julio 1992.
[15] Silva Vargas, Fernando. Los independientes y los partidos, El Mercurio, 20 de diciembre 1991.
[16] Sobre su constitución, Santibáñez, Abraham, Los partidos políticos chilenos, santiago 1988.
[17] González Errázuriz, Francisco Javier. El partido Demócrata Cristiano. La lucha por definirse. Santiago 1989.
[18] Bravo Lira, Bernardino. La democracia antídoto contra la corrupción en Revista de Estudios Públicos 52, santiago 1993.
[19] Valenzuela, Arturo, Hacia una democracia estable: La opción parlamentaria para Chile, en revista Ciencia Política 7, 2, santiago 1985. Lijphart, Arend, Linz; Juan y Valenzuela Arturo, Hacia una democracia moderna. Opción parlamentaria, santiago 1990. Además numerosos artículos de prensa v.gr. Jocelyn-Holt Letelier, Tomas, El parlamento, ¿el nuevo paradigma?, en El Mercurio santiago 4 mayo 1990. Allamand, Andrés, Martínez, Gutemberg y Schaulsohn, jorge, Hacia un nuevo régimen político, en El Mercurio, santiago 6 mayo 1990.Godoy Arcaya, Oscar, Cambio políticos y parlamentarismo, en El Mercurio 13 mayo 1990. El mismo (ed), Cambio de régimen político, santiago 1992, con trabajos de once autores.
[20] Silva Vargas, Fernando. Dos siglos después, en el Mercurio, 13 de septiembre 1991.
[21] Ver nota 15.
[22] Leal, Antonio. Democracia y partidos. El Mercurio, 5 enero 1995.
[23] Como se sabe en 1973 todos los partidos políticos chilenos recibían dinero de potencias u organismos extranjeros o internacionales. Vial Correa, Gonzalo. Dinero extranjero y política chilena, en La Segunda, santiago 16 de agosto 1994. Para después de 1973, semana política, en El Mercurio, 7 agosto 1994.
[24] Por todos. Cantarias, Eugenio, ¿Hacia una oligarquía de partidos?. El Mercurio, 6 agosto 1991. Goñi Garrido, Carlos, Financiamiento de partidos, ibid., 25 abril 1994.
[25] Silva Vargas, nota 15.
[26] Leal. Nota 22.

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